Yolanda Blanch

Nuestro mundo está peligrosamente conducido por doctrinas religiosas que toda persona culta debería condenar, pero aun y así para entender la condición humana hay más de lo que la ciencia y la cultura secular generalmente admite.

Sam Harris, “Waking Up. Una guía para una espiritualidad sin religión.”

Educada en el catolicismo, en la adolescencia me convertí en una atea convencida de que la ciencia era la única forma de conocimiento válido. Estudié Matemáticas en la Universidad de Barcelona. Al acabar entré en el departamento de riesgos de Caixabank. Un año más tarde pasé al departamento comercial de productos derivados. El siguiente cambio fue el definitivo y desde 2002 trabajo como trader de opciones de divisa. Mi trabajo me resulta retador y estimulante pero, como la mayoría de trabajos, también me exige una gestión continua del estrés, las emociones, mi ego y el de los demás, y de la incertidumbre que es parte inherente de la vida.

Con estos precedentes os podéis imaginar que la palabra espiritualidad me provocaba poco menos que grima. Así que el dharma se incorporó en mi vida de forma sutil y progresiva, después de vencer muchas resistencias y prejuicios. No recuerdo un único hecho que marcara un antes y un después. Perdí a mi padre a los 28. Las relaciones sociales en el trabajo me resultaron muy difíciles. Empecé psicología en la UOC. Cuando la seguridad vital de la juventud perdió fuerza, el deseo de querer comerme el mundo se fue transformando en desear que todo el mundo pudiera comer… y beber, y tener cobijo, y ser feliz (eudaimonía). En 2011 un amigo físico del trabajo me habló de una nueva técnica para el entrenamiento mental cuya utilidad había sido demostrada por la ciencia. Así conocí mindfulness. Hice el curso MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction) con mi hermana, que también es psicóloga.

La meditación me pareció tan potente que, casi con avidez, busqué información sobre las culturas en las que había nacido. Estudié yoga. No recuerdo un único hecho que marcara un antes y un después.  Pero la lectura del libro de Matthieu Ricard “En defensa de la felicidad” fue un punto de inflexión: el hecho de que el autor tuviera formación científica y de que el contenido del libro me resultara extremadamente familiar hizo un boquete en la pared de mi escepticismo. Y desde entonces todo ha sido acercarme al dharma. Leí a autores como David Loy, Alan Wallace y Stephen Batchelor. También tuve la suerte de conocer a Bernat que me ha acompañado desde entonces respondiendo, con entusiasmo y una paciencia infinita, a todas mis dudas y cavilaciones. En 2016 hice el “teacher training” del curso Cultivating Emotional Balance (CEBTT) de Alan Wallace y Paul Ekman. En 2018 acabé psicología.  Y estoy en un punto de mi vida en el que tengo el fuerte impulso de compartir lo que me resulta útil para intentar cultivar una vida plena. Desde la humildad y la actitud de aprendiz.

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